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Expo

Centro de Formación de la Cooperación Española (CFCE). Antigua Guatemala. 10 de marzo al 30 de mayo, 2013.

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Desde que la fotografía se inventó, ha cumplido una serie de funciones que, a lo largo del tiempo, han estado vinculadas a la manera cómo ésta ha sido entendida y asumida por los diferentes grupos sociales que la han utilizado y estimulado en su desarrollo: como testimonio para guardar y prolongar en el tiempo memorias familiares, individuales, sociales; como registro que da cuenta de los avances –o retrocesos- que ha experimentado la sociedad en sus ámbitos sociales, políticos, económicos y culturales, o como un nuevo campo de interés artístico a partir de la década de los sesenta del siglo pasado. En simultáneo, la fotografía ha configurado un registro de ciertos ámbitos de la vida social no necesariamente visibles.

En el ejercicio fotográfico que ahora se presente la idea central que lo articula es tratar de hacer evidente que ese maravilloso invento del siglo XIX también ha sido un importante instrumento que, desde y para el Estado, se ha utilizado para controlar, registrar, estigmatizar, penalizar, regular y documentar aquellos ámbitos de la vida social que –casi nunca- han sido emotiva o moralmente considerados como “permitidos” y casi siempre condenados por la sociedad, pero fríamente tolerados y regulados por el poder gobernante.

La foto oficial es útil ya que permite llevar y sistematizar un registro de imágenes que las respectivas autoridades realizan dentro de la esfera de sus atribuciones con el propósito de dar orden y sentido al funcionamiento de la sociedad. Aunque las circunstancias dentro de las que este registro se produce son diversas, no necesariamente son ajenas entre ellas: desde la gestión para obtener un permiso para conducir vehículos automotores, hasta la sindicación por la comisión de un delito o falta. En todas ellas priva el interés por controlar. En el caso de los registros fotográficos voluntarios, muchos de éstos se han producido de manera tal que –al menos formalmente- no se dio coacción alguna: las fotos fueron proporcionadas por los interesados para cumplir un requisito y poder así actuar y relacionarse en el campo de lo permitido.

En las historias de la fotografía y los ensayos críticos del medio, se discute poco de los usos de las imágenes como herramientas utilizadas con fines alejados de la práctica artística. Encarnación recoge y se configura por una serie de fotografías y retratos realizados con fines de control, cuya concepción original no pudo estar más alejada de arte y de exhibirse en la galería de una institución cultural, ello es así ya que obedece y responde a una de las inquietudes propias del arte contemporáneo: indagar en los archivos para encontrar nuevas lecturas a los documentos, a la luz de un tiempo y una realidad determinada, el pasado y el presente.

José Manuel Mayorga.
Es un lugar común decir que la prostitución es el oficio femenino más antiguo. Con esto se cubre de impunidad un fenómeno social en el que las mujeres resultan siendo mercancías para un sistema que busca el enriquecimiento a costa de vidas humanas. Esta forma de explotar los cuerpos de las mujeres, cercana a la esclavitud, ha sido una fuente de jugosas ganancias para muchos, menos para ellas que son las que padecen los efectos de esa práctica masculina de satisfacer sus ansias de poder. Poseer a una mujer, aunque sea a cambio de dinero, es para los machos un acto de empoderamiento, más que de placer. Es demostrar -según criterios misóginos- que ellos mandan, que ellos son quienes penetran y abusan, que su virilidad está activa.

Esta es una de las ideas que me surgieron a partir de implicarme con Encarnación, y que podrían suscitar debates y reflexiones en quienes miren con los ojos del corazón a estas mujeres que empeñaron sus energías, sus cuerpos y parte de sus vidas para sobrevivir en una sociedad que las menosprecia y las utiliza, como si eso fuera algo natural.

Al recorrer esta exposición, tendremos la oportunidad de ver los rostros de jóvenes y adultas de distintos orígenes y antecedentes que fueron registrados por el Estado en cartillas para controlarlas y sacar provecho de su sexualidad. Aunque no veamos sus cuerpos y sus entornos familiares y culturales, podremos interactuar con esas miradas congeladas en los retratos. En ese juego hay algo que debería movernos más allá de externar nuestro gusto o disgusto frente a las caras de estas desconocidas. Será inquietante preguntarnos por sus destinos, por sus penas y alegrías. Tanto ha sido el prejuicio y la discriminación, que nos da miedo asomarnos a esos laberintos donde se entrecruzan los intereses comerciales, conceptos discriminatorios y contextos socioeconómicos particularmente insanos.

Encarnación no es una exposición de fotografía, es un evento en el que se pone sobre la mesa una problemática que la cultura patriarcal minimiza, cuando no oculta. Por lo mismo, el público tiene aquí un reto: verla y hacer comentarios, o bien, dejarse traspasar por las miradas y asumir su responsabilidad ante un fenómeno social que nos implica, no porque tengamos contacto directo, sino porque hay muchas personas e instituciones involucradas: las mujeres en situación de prostitución, los padrotes, los consumidores, el sistema estatal, nuestros amigos, hermanos, padres y quizá, parejas; las iglesias, el Estado, los empresarios, la cultura. Es una llamada de atención a la cual tendríamos que responder.

Los textos que aparecen en este catálogo son parte integral de Encarnación. Leerlos nos da elementos para entender la exposición en sí, y para acercarnos a una problemática tan compleja. Aún queda mucho por pensar y decir, pero con la investigación de José Manuel y los textos de Carolina Escobar y Anna Carla Ericastilla, tenemos una plataforma a partir de la cual seguir elaborando. Considero que sus escritos complementan las imágenes y viceversa. El catálogo es, pues, un elemento fundamental de esta reunión a la cual están invitadas muchas personas, entre ellas, las mujeres en situación de prostitución. Ojalá muchas de ellas tuvieran la posibilidad de asistir y opinar.

A las putas se les menciona en todos los ambientes, en el lenguaje cotidiano y en la literatura. Se da por sentado que son mujeres malas, sucias, extrañas, que cumplen tareas necesarias para el buen funcionamiento del sistema. Pero rara vez nos detenemos a pensarlas como personas que llevan vidas como las nuestras: tienen que levantarse, hacer sus oficios domésticos, sufren, aman, trabajan, piensan y opinan. Pero eso es algo que no se toma en cuenta, y que a la hora de nombrarlas, siempre peyorativamente, como un insulto, se silencia. Cuando mucho se las asume como seres marginales.

En Guatemala todo lo relacionado con la sexualidad sigue siendo tabú, especialmente si se trata de mujeres. La prostitución ha sido uno de los pilares del patriarcado para darle soporte a la supuesta supremacía masculina y para someter a las mujeres a la dominación sexual. Es tiempo ya de ir levantando los pesados velos que nos han impuesto y hablar a las claras de todo lo relacionado con nuestra sexualidad, para liberarnos de la censura y las morales hipócritas.

Estamos convencidas que las mujeres en situación de prostitución tienen mucho que enseñarnos, aparte de sus cuerpos. No es éste el primer acercamiento que en el país se hace a ellas y al fenómeno, pero sí constituye un aporte interesante para desenmascararlo y sacarlo a luz pública. Ojalá otras actividades también contribuyan a despejar las ideas que nos han impuesto en torno a un aspecto vital de la existencia humana, que más allá de la reproducción, nos potencia y abre la posibilidad de disfrutar nuestros cuerpos y nuestras relaciones.

Ediciones del Pensativo apoya esta iniciativa por considerarla novedosa y punzante, en el sentido de mover el hormiguero social, de provocar, de hacernos pensar. Esas son acciones que queremos promover deliberadamente, para ver si así nos sacudimos los prejuicios, la modorra y la cerrazón. Igualmente, creemos que estas compañeras deben estar en la historia, no como objetos sexuales adquiribles, sino como personas dignas de respeto.

Ana Cofiño
La Antigua Guatemala, enero de 2013
Es prostituta toda mujer mayor de doce años que trafica con su persona, ó se presenta voluntariamente á ser inscrita.
Sello usado en correspondencia (1890),
AGCA Sig B Leg 1752 40956

Las imágenes de Les filles publiques de la rue Asselin de Eugène Atget, las mujeres distorsionadas de André Kertész, Bijou y otras damas de la noche parisina de Gyula Halász, Brassaï, y las escenas del crimen de Arthur Felling, Weegee, constituyen fascinantes referentes para apreciar la fotografía. Ese imaginario, confrontado con mi vivencia de haber crecido entre mujeres escuchando sus historias, me motivó a indagar en marzo del 2012 en el patrimonio documental del Archivo Histórico de la Policía Nacional de Guatemala en busca de fotos. A partir de esos fondos archivísticos surge esta investigación que aporta datos sobre el ejercicio de una profesión estigmatizada por la sociedad, para dar visibilidad y voz a las mujeres de las que no se habla, o sí se habla pero mal.

La prostitución en Guatemala ha estado estrechamente unida a la existencia de la institución policial. Lo que es más significativo es que ha sido motivo de atención por parte de casi todos los gobiernos desde 1881 a 2012, reglamentándola por más de ciento treinta años. Tal situación permite afirmar que esta normativa constituye el cuerpo de disposiciones legales más extenso y actualizado, aplicable a todas aquellas mujeres que se han desempeñado en el comercio sexual.

Que la razón fuera procurar el ejercicio sexual permitido a los hombres antes del matrimonio –y tolerado después- al tiempo de proteger su salud y la de la comunidad, no es fortuito. Más bien, proporciona un espejo que refleja bastante bien lo que somos como sociedad, donde en muchos casos lo primero que tiene deparado el que entra a la adolescencia, es que sus cuates, compañeros, hermanos, tíos o primos lo lleven al prostíbulo para iniciar su hombría. La paradoja es que la figura de la mujer marginal es central y deseable, ya que ella con su cuerpo, confirma el ser hombre, protege la moralidad en el hogar y la virtud de la mujer dedicada a la maternidad, derecho éste que la prostituta pierde por imperativo legal al ser separada de sus hijos, ya que su rol social no es el de la reproducción. Revelando este rollo, resulta que de manera constante y hasta nuestros días, se denigra y estigmatiza aquello que por otro lado se ha tutelado con celo, ha sido aceptado por todos y reconocido como “mal necesario”.

La selección en la galería de retratos y las imágenes en video para Encarnación proviene de dos fuentes: a) Registro de Ménades, es la filiación o inscripción “voluntaria” de toda mujer trabajadora en bares, cantinas, cervecerías y sitios similares, que se llevaba ante la Dirección General de la Policía en sus dependencias; se trata de fotografía de estudio utilizada en el documento de identidad –cédula de vecindad- proporcionada por la propia interesada; es el retrato que ellas seleccionan entregar para que las identifique. b) Álbum de Delincuentes, en éste figuran quienes, a criterio de la autoridad policial, han cometido alguna falta o delito del que tendría conocimiento el Juez de Paz de Turno, el Juez de Sanidad o el Director de Migración, previo a ello, la elaboración de la ficha policial y el registro fotográfico correspondiente realizado por el personal de la institución que figura en nómina.

No cabe duda que la idea de retrato, otrora distintivo de clase y culto a la individualidad, desde la perspectiva policial mutó para hacerlo objeto de control para identificar a quien es diferente, para definir la otredad; y, en lo que nos ocupa, clasificar a quien personaliza lo indigno y lo peligroso.

Las retratadas expresan sus sentires en la toma, comunican sentimientos no obstante lo tenso del momento, sus rostros son textos que permiten lecturas. Recuerdo cómo en la clase de criminología, el catedrático explicaba que en la Guatemala del siglo XX se aplicaron las ideas del XIX en las que la fotografía constituyó fundamento para fisonomía y frenología, teorías que relacionan el carácter de los individuos con las formas del cuerpo, mismas que en su momento sustentaron los principio de la Escuela Criminológica positiva de Cesare Lombroso en lo que respecta al criminal nato, y la creación de los archivos fotográficos de delincuentes organizados por la Policía para registrar, penalizar y documentar aquello que es condenado por la sociedad y regulado por el poder y el Estado.

En la sala de exhibición, varios de los retratos evocan tintas sobre papel, otros no pueden ocultar el origen de su captura digital. Todos llevan el nombre que los individualiza y la signatura archivística hacia la fuente primaria en el Archivo Histórico de la Policía Nacional. En donde ha sido posible el dato, el año de la toma.

Las fotos e imágenes que integran la muestra fueron hechas al amparo de Reglamentos emitidos por Jorge Ubico y Vinicio Cerezo. Lo contenido en esa normativa generó dudas y me motivó a conocer más sobre las disposiciones legales que han definido la prostitución en nuestro medio. A continuación, una selección de lo previsto en la reglamentación, para que sugiera a quienes lean lo propio.

Reglamento a que deben sujetarse las mujeres públicas en la ciudad de Guatemala, rubricado por el Señor Jeneral (sic) Presidente Justo Rufino Barrios en 1881. Dictado por Martín Barrundia en el marco de las leyes “democráticas” establece el tono y retórica que se aplicará durante los cien años posteriores, ampliando, modificando y/o detallando lo allí previsto. La principal razón, siempre presente, fue que si la prostitución no se reglamentaba, había efectos perniciosos contra la moral y la higiene. Como justificación se “limita lo inevitable a recintos, y lo vigilan”… Son permitidos los burdeles, en horario de seis de la tarde a seis de la mañana, para prostitutas mayores de catorce años y reconocidas como sanas por el respectivo Cirujano del Cuerpo (sic), prohíbe que vivan en el burdel niños de ambos sexos mayores de tres años; a la que infringe se le castiga con prisión, hay multas, licencias, derechos de funcionamiento, clasificaciones; al burdel se le llama casa cerrada, obliga a las mujeres al examen sanitario semanal. La reglamentación pone de relieve que la prostitución ha sido fuente de enriquecimiento para el Estado el que ha percibido de manera constante sus dineros a través de los pagos de las cuotas mensuales, multas y cobros recibidos en la Tesorería de la Policía.

El Nuevo Reglamento de las Casas de Tolerancia de 1887, manuscrito con preciosismo, consta en 35 hojas. Refuerza y desarrolla la figura de la Matrona al estipular en las “Bases” el nombramiento de la Matrona General de burdeles; entre las prerrogativas: su nombramiento por tres años, prorrogables a otro tanto, si conviniere. Regula que puede ser prostituta toda mujer mayor de 21 años que “trafique con su persona” y que se presente voluntariamente a ser inscrita. No obstante, reglamenta que cualquier mujer de quince años o más, declarada culpable de “mala conducta”, podía ser “reducida de oficio” a un burdel por orden de las autoridades... Obliga a la Policía a destinar un libro para que se tome nota del nombre y generales de la mujer que quiera ingresar a un burdel, - son los Libros de Filiaciones de Prostitutas de las Casas de Tolerancia- (1). Establece también que entre matrona y prostituta debe celebrarse un contrato para asegurar los derechos de ambas, un eufemismo, ya que, consecuencia de este “convenio”, la prostituta cedía su libertad e independencia física y económica a la encargada del burdel. El reglamento obliga a la existencia de dos libretos, uno de cuentas donde constan las cantidades que reciban y entreguen a la matrona, y otro donde se anotan las visitas de reconocimiento que las mujeres hagan al Cirujano (sic). Prohíbe la prostitución clandestina y la sanciona con arresto. Establece que la prostitución queda bajo la dependencia de la Jefatura Política. La Dirección General de la Policía tendría la facultad de resolver cualquier cuestión que se suscitare entre prostitutas y matronas. En este marco legal, la Matrona General de las Casas de Tolerancia, quien mantenía correspondencia directa con el respectivo Jefe de Gobierno, es la otra figura que se beneficia de la actividad, al extremo de sostener económicamente con los ingresos de la prostitución al Cirujano (sic), su equipo de colaboradores y el Hospital Modelo. (2)

En la Memoria de la Dirección General de la Policía de 1896 el Director publica el “Reglamento Para Las Casas de Tolerancia en la Capital”. Aplica la normativa relativa a los burdeles, matronas, fondos del ramo y su manejo; al referirse a la prostituta establece que lo es “toda mujer mayor de doce años que trafica con su persona”… Ante tal disposición es imperativo preguntarse ¿Qué criterio puede tener una niña de esa edad respecto a su vida futura?, ¿Qué oscuro deseo provoca en un adulto la relación carnal con una menor inocente, que puede ser su hija, hermana o nieta, que a esa edad desconoce la naturaleza de su propio cuerpo?, ¿Qué pasa en la comunidad donde dicha normativa se origina, acepta y aplica?

En 1925, durante el régimen de José María Orellana, la sociedad en pleno se benefició de la prostitución y se convirtió en deudora suya, consecuencia de la disposición que ordena que los Fondos de Tolerancia se destinen para la construcción y reparación de los edificios de la Policía Nacional. En 1927, Lázaro Chacón promulgó el denominado Reglamento de Tolerancia que refiere al vicio, a la que trafica con su cuerpo, a la matriculada, al ejercicio tolerado y las medidas profilácticas, reclusión obligatoria vs. libertad, la residencia en zonas permitidas, el teléfono con conexión a Comisaría; contra la enfermedad contagiosa el aseo; establece la identificación por medio de retratos del Gabinete Central, enumera los útiles que deben tener en propiedad las prostitutas, entre ellos el bidet; regula que las casas tengan placa con número como distintivo, y para la noche, el foco de luz rojo aplicable a las casas de tolerancia o verde a las casas de citas. El Capítulo IV desarrolla la declaratoria de prostituta, procedimiento administrativo con medios de prueba, al final del cual se llegaba a la inscripción y a la Matrícula de Prostitución donde quedaba constancia de todo aquello que se relacionaba con su identidad. Estos datos son los mismos que constan en los Registros de Ménades llevados por la Policía en los años sesenta del siglo pasado que se han consultado en esta investigación, información que, como un reflejo de los tiempos, figura en todas las fuentes consultadas en una caligrafía degradada en su trazo a bolígrafo, y una ortografía plagada de faltas.

En 1938 el Reglamento de la Sección de Profilaxia Sexual y Enfermedades Venéreas, aprobado por Jorge Ubico, considera al comercio sexual como un “mal necesario” que “cabe humanizar para librar a la mujer que lo ejerce de la trata y explotación a beneficio de otros, ya que la mujer en esa condición social necesita amparo”… (3) Instituye la Sección de Profilaxia Sexual y de Enfermedades Venéreas adscrita a la Dirección General de Sanidad Pública; le refiere mucha de la competencia que el Reglamento de 1927 del Presidente Lázaro Chacón otorgaba a la Policía Nacional, sin una manifestación legal expresa que desvincule a la Policía de sus atribuciones en el tema. Este reglamento establece que el manejo de los “impuestos sanitarios” corresponda a la Tesorería General de Sanidad Pública, crea el Juzgado de Sanidad en la capital, y las Delegaciones Sanitarias departamentales. Reconoce que la mujer puede hacer del comercio sexual una profesión o medio de vida, también la inscripción voluntaria o de oficio, ante el Juez y el dispensario de salud.

El Reglamento de Ubico, en nombre de la “mejora moral de la mujer”, suprime prostíbulos, casas de tolerancia, casas de citas y cualquier otro medio o acción que haga de las mujeres objeto de explotación en beneficio de otra persona (4). Una de las imágenes de la exhibición se refiere a la ficha policial de Doña Eloísa Velázquez (la de los años sesenta), conocida como La Locha, donde se consigna “actividades subversivas en su casa de citas” y “reporte de bomba terrorista”. Cabe pensar si la supresión de las casas de citas a la que se alude, reglamentada veintitantos años antes y letra muerta de la ley, no sería consecuencia de la paranoia de Jorge Ubico con el propósito de abortar cualquier intento desestabilizador de su régimen… ya que de todos es sabido que el establecimiento de Doña Eloísa era lugar de encuentro para intelectuales, políticos, estudiantes y personas influyentes de la época. Mencionar el nombre de Eloísa, conocida como La Locha, evoca mucho, dicen que tenía influencias a todos los niveles, así como relaciones insospechadas, que era una mujer generosa y respetuosa, y que amó de corazón. En el Cementerio General hay un mausoleo que es un montículo de piedra, donde está colocada la lápida dedicada al infortunado Eduardo, fallecido a la edad de 36 años el 2 de mayo de 1931, a quien su amada no olvidó mientras vivió, colocando sobre su tumba un ramo de flores, el día sábado de cada semana.

El Reglamento de Ubico hace eco del de 1881 y permite que el comercio sexual se practique en el lugar de residencia de las inscritas, adiciona normas para la fijación del domicilio y faculta que estas mismas mujeres puedan prestar sus servicios a domicilio siempre que lleven el equipo profiláctico que les determine la Sección de Dispensario (sic). Establece un rango entre 18 y 45 años para las mujeres, obliga a la inscrita a poseer y llevar siempre su libreto sanitario. Estipula un fondo de previsión y ahorro individual en el Crédito Hipotecario Nacional, al cual se accedía por orden del Juez de Sanidad quien daba la indicación “Es Conforme” en los casos de retiro definitivo por matrimonio, enfermedad incurable, haber cumplido la edad máxima, y por muerte. Queda reglamentado que el derecho a percibir el fondo se pierde cuando la inscrita, por descuido, contraiga enfermedad venérea y la transmita, “cuando lleve vida de depravación”, cuando sea condenada en sentencia firme por delito común o vinculado al comercio y cuando en cualquier forma explote a una o varias compañeras con fines de lucro, o introduzca a menores a la prostitución. (5)

Son particularmente elocuentes las Memorias de la Dirección General de la Policía Nacional de la década de 1930. Año con año, el director de la institución rinde cuenta al gobernante de la buena labor y los trabajos efectuados. Es significativo lo informado por el Director General Roderico Anzueto a Jorge Ubico en 1935, con ocasión de ciertos estudios realizados sobre las prostitutas:

"Su capacidad craneal es inferior a la del promedio, como estigma menos frecuente se señala el tipo varonil del rostro; la talla de las prostitutas es en promedio inferior a la normal, el peso aparece en ellas superior, habiendo una acentuada tendencia a la polisarcia(6); la fuerza muscular y agilidad son mayores que en las mujeres normales, mereciendo notarse el gran número de prostitutas zurdas; entre los estigmas mentales responden al tipo histérico, el sentimentalismo morboso asociado a la filantropía, caridad y piedad se halla también en las prostitutas. La inteligencia brillante y la memoria desarrollada no son raras en ellas."

El Acuerdo Gubernativo del 13 de mayo de 1947, emitido por el presidente Juan José Arévalo considera que para la represión del comercio sexual clandestino y el mejor control del contagio de las enfermedades venéreas es necesario hacer extensiva a las empleadas de cantinas, cabarets, refresquerías, cervecerías y establecimientos similares, la obligación de pasar un reconocimiento médico mensual para comprobar su estado de salud. No es coincidencia que ese mismo mes y año haya dado inicio formalmente el programa de Experimentos Practicados en Seres Humanos en Guatemala (1947-1948) por el Servicio Público de Salud de los Estados Unidos de América, de los que se tuvo conocimiento público en 2011. A partir de la investigación archivística* realizada se elaboró el Informe oficial por parte de sus autores, en el punto 4.1 se hace la pregunta de por qué realizar los experimentos en Guatemala. La respuesta:

"la prostitución era legalizada con el agregado de que a las prostitutas les era permitido realizar visitas regulares a hombres en las instituciones penales. Además el Dr. J.M.F (Juan Manuel Funes, médico guatemalteco miembro del equipo a cargo) era responsable de la supervisión médica de la prostitución y de todos los centros de tratamiento rápido donde todos los pacientes de enfermedades venéreas podrían ser hospitalizados para tratamiento gratuito."

El informe también indica que no hay evidencia que las mujeres infectadas hayan recibido tratamiento alguno (5.2).

La normativa de la época de Ubico, con escasas modificaciones y la adición indicada, se mantuvo hasta la presidencia de Vinicio Cerezo, quien decretó el Acuerdo Gubernativo 342-86. De su lectura se evidencia preocupación por las estadísticas epidemiológicas y el incremento de las tasas de mortalidad; por ello el Reglamento Para el Control de las Enfermedades de Transmisión Sexual; para 1986 la epidemia del VIH-SIDA ya había manifestado su presencia a nivel mundial. A partir del artículo 18 regula que quedan sujetas al reglamento todas las mujeres que hagan del comercio sexual su medio de vida. Este reglamento elimina la posibilidad que mujeres extranjeras pudieran ejercer el comercio sexual en el país lo cual también constituye letra muerta ya que la presencia de extranjeras indocumentadas en los archivos policiales es mayoría. La normativa incorpora, ampliada, la norma de 1947, establece como derechos de las mujeres el control periódico de su salud y a los exámenes clínicos de laboratorio el tratamiento medico que fuere necesario y a “no ser molestadas ni conducidas por la Policía Nacional a menos que no tengan al día su libreta de control, en cuyo caso la policía solo deberá conducirla al Centro de Salud que ejerza su control”. (7)

Por su parte el Código Penal de 1973, aún vigente, desarrolló al Título III del libro II los delitos contra la libertad y la seguridad sexuales y el pudor, la corrupción de menores, proxenetismo y trata de personas. Los delitos son consecuencia o fomentan la actividad del comercio sexual y por ello se tipifican con penas de prisión y multa. La Ley Contra la Violencia Sexual, Explotación y Trata de Personas de 2009 adiciona varias figuras criminales (agresión sexual, violación de la intimidad sexual, turismo sexual, entre otras), actualiza la normativa de hace 40 años, y deroga del Código Penal el número, el nombre de algunos capítulos y varios artículos por sustitución.

A partir de abril de 2012 rige el Acuerdo Gubernativo 57-2012 del Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social, Reglamento para la Prevención, Diagnóstico, Tratamiento y Control de las Infecciones de Transmisión Sexual (ITS) y el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH), dictado por Otto Pérez Molina. La regulación es consecuencia de los principios neoliberales propios del momento: No contempla ninguna normativa respecto a la prostitución como en los reglamentos que le anteceden, y deroga expresamente el Acuerdo Gubernativo 342-86 donde se establecían obligaciones y derechos para las mujeres que ejercen el comercio sexual.

Iniciar esta investigación, atraído por la “diferencia oficial” de la que se lleva cuenta en los registros policiales, fue colocarme en la entrada del laberinto, literal y figuradamente. Adentro se encuentra el monstruo de mil cabezas que, desde el poder lo domina todo, haciendo sentir su peso y rigor sobre las mujeres utilizadas sexualmente; aquellas que son señaladas de cometer crímenes y faltas por “ejercer el amor libre”; y desde su origen mitológico, (8) por estar inspiradas en la locura mística que las define.


José Manuel Mayorga
Ciudad de Guatemala, noviembre de 2012

Disposiciones legales

“Reglamento a que deben sujetarse las mujeres públicas en la ciudad de Guatemala”, formado por la Dirección de la Policía, rubricado por el Señor Jeneral (sic) Presidente Justo Rufino Barrios. Dictado por Martin Barrundia, el 31 de diciembre de 1881 (Recopilación de Leyes emitidas por el Gobierno Democrático de la República de Guatemala, tomo III página 91) ,

El Nuevo Reglamento de las Casas de Tolerancia de octubre a diciembre 1887 dado en Palacio de Gobierno (Archivo General de Centro América, B 102. Legajo 1752 Expediente 40953).

El Director General de la Policía propone el “Reglamento Para Las Casas de Tolerancia en la Capital”, (Memoria de la Dirección General de Policía correspondiente al año 1896. Tipografía Nacional 1897).

Los Fondos de Tolerancia destinados para la construcción y reparación de edificios y dependencias de la Policía Nacional. (Recopilación de Leyes de la República de Guatemala. Tomo XLIII, 1925.)

“Reglamento de Tolerancia” emitido por Lázaro Chacón el 19 de octubre de 1927. (Recopilación de Leyes de la República de Guatemala, Tomo 46 pág 531).

Acuerdo Gubernativo del 7 de junio de 1938, “Reglamento de la Sección de Profilaxia Sexual y Enfermedades Venéreas”, emitido por Jorge Ubico (Recopilación de Leyes de la República de Guatemala, Tomo 57 página 377).

Acuerdo Gubernativo del 13 de mayo de 1947 (Recopilación de Leyes de la República de Guatemala, Tomo 66 pág 298).

Decreto 17-73 del Congreso de la República. Código Penal de 27 de julio de 1973. Modificado por La Ley Contra la Violencia Sexual, Explotación y Trata de Personas, emitida el 18 de febrero del 2009 y con vigencia a partir de abril del mismo año.

Acuerdo Gubernativo 342-86 de 10 de junio de 1986, emitido por Marco Vinicio Cerezo Arévalo. Publicado en el Diario de Centro América el 18 de junio de 1986.

Decreto 9-2009 del Congreso de la República. Ley Contra la Violencia Sexual, Explotación y Trata de Personas.

Acuerdo Gubernativo 57-2012 del Ministerio de Salud Pública y Asistencia Social. “Reglamento para la Prevención, diagnóstico, tratamiento y control de las infecciones de transmisión sexual (ITS) y el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH)”, emitido el 28 de marzo 2012 por Otto Fernando Pérez Molina. Publicado en el Diario de Centro América el 13 de abril del 2012.

Memorias de la Dirección General de la Policía. Años: 1896, 1923, 1926,1934, 1935. Biblioteca del Archivo General de Centro América.

Citas
1) Archivo General de Centro América, AGCA Sig B Legajo 3639, Expedientes 85897/85900.
2) AGCA Sig B Leg 1752 Exp 40956 y ss.
3) Considerando del Acuerdo Gubernativo del 7 de junio de 1938.
4) Art. 5 del Acuerdo Gubernativo del 7 de junio de 1938.
5) Art 48 del Acuerdo Gubernativo del 7 de junio de 1938.
6) Polisarcia. f. Med. Gordura exagerada de las personas DRAE, 1984.
7) Art. 29 Acuerdo Gubernativo del 18 junio 1986.
8) La Prostitución como fenómeno social de la Nueva Guatemala de la Asunción 1880-1910. Tesis de Licenciatura en Historia presentada por Blanca Iliana Ordóñez Montepeque. Guatemala: Escuela de Historia, Universidad de San Carlos de Guatemala, 2000. En ella se desarrolla lo relativo al origen mitológico.

*Investigación archivística sobre Experimentos Practicados en Seres Humanos en Guatemala, 1947-1948 por el Archivo General de Centro América, Dirección de los Archivos de la Paz, Secretaría de la Paz, y Archivo Histórico de la Policía Nacional, 2011.
Nuestras actuales concepciones del cuerpo están vinculadas con el ascenso del individualismo como estructura social, con la emergencia de un pensamiento racional positivo y laico sobre la naturaleza, así como con la historia de la medicina que representa en nuestras sociedades un saber “oficial” sobre el cuerpo. Esto hace evidente la necesidad de llevar a cabo una genealogía del cuerpo femenino moderno. El trabajo que ahora presenta José Manuel Mayorga aporta en este sentido al hacer visibles los cuerpos de las prostitutas, históricamente negados por la sociedad y mantenidos en el anonimato.

El discurso dirigido al control social en nuestro medio fue construyéndose progresivamente desde los cambios suscitados en la forma de pensar la sociedad colonial en el siglo XVIII y fueron formalizándose durante el siglo XIX. En la construcción de esta política hegemónica estuvieron presentes los discursos de los higienistas, que abordaron tanto las medidas de higiene de las ciudades en términos infraestructurales como las medidas de higiene social.

El poder, el deseo de poder y los obstáculos para su ejercicio forman parte de la trama del psiquismo humano. (1) El sistema de poder que busca controlar el cuerpo, esta formado de relaciones inestables e inseguras, ya que al mismo tiempo que produce disciplina y orden, el poder está amenazado de perderse. Las y los dominados tienen un campo de posibilidades de readecuación, obediencia aparente pero desobediencia real, resistencia, manipulación de la subordinación.

Las técnicas del poder hegemónico llegan transversalmente a los cuerpos y las almas de los individuos, sean estos dominados o dominantes, hombres y mujeres. Nadie escapa a sus dinámicas. Por ello es importante descubrir la correlación existente entre la maquinaria del poder, las instituciones y los individuos, al imponerse un discurso como verdadero, a través del cual se legitima la exclusión, el dominio y la punición del cuerpo social.

A través de los mecanismos de valoración y exclusión generados por el discurso disciplinario que diferencia lo normal de lo anormal, lo sano de lo patológico y lo verdadero de lo falso, es que se puede recurrir a la exclusión de los enfermos, los delincuentes y los locos. La división entre locos y cuerdos, normales y anormales se plantea como un requisito fundamental del control disciplinario bajo el supuesto de estar encaminado a favor de los llamados normales y su homogenización. La justificación discursiva planeada por quienes ejercen el poder es la de sanar y corregir a los anormales para que una vez normalizados puedan reintegrarse a la sociedad como seres útiles y productivos. Todo esta tecnología no podría funcionar sin el auxilio de la interiorización de las normas sociales de conducta.

Sin embargo, el poder como gobierno no conlleva la idea de sometimiento absoluto de la conducta de los seres sociales y se enfrenta con sus propios límites: la posibilidad de rebeldía, la contestación, el autosacrificio, el suicidio, como formas de resistencia y contrapoder que alcanza los cuerpos y las almas de las personas, determinando sus actitudes, su discurso y vida cotidiana.(2)

La producción de discursos que se constituyen en verdades incuestionables destinados a reforzar las relaciones verticales de dominación, de gobierno, de vigilancia, de castigo, de normalización y disciplinarización del Estado, pero también al interior de la familia, la escuela y otros espacios de convivencia. En este contexto la disciplina se conforma como una tecnología propia del capitalismo que concibe al cuerpo como una máquina que debe educarse, higienizarse, volverse dócil, con el objeto de integrarlo adecuadamente al sistema económico de producción.

La acción permanente del poder disciplinario conduce al objetivo esencial de esta biopolítica: la fabricación de hombres y mujeres sumisos a la lógica del poder capitalista. La técnica disciplinaria produce un doble efecto: se mantiene en sujeción el cuerpo y se doblega-educa el alma para la obediencia. Así se cumple el objetivo de crear cuerpos moldeables tanto femeninos como masculinos, fuertes y sanos en términos productivos pero débiles y acríticos como sujetos políticos.

Las mujeres públicas estaban destinadas a atraer hombres pertenecientes a todos los sectores, convirtiéndose en las causantes del total trastrocamiento de normas y convenciones sociales. De ahí la estrecha vigilancia sobre sus cuerpos y las casas de prostitución en las que convergían esferas concéntricas de poder: la regenta, el médico, la policía y el municipio.

Fue a través de la emisión de los códigos penales y de policía que se diseñó una nueva política moralizadora, que buscó revertir la tendencia de vincular el concepto de delito a la noción de pecado, sustentada por la estrecha relación entre valores religiosos y las normas anteriores, propios de la sociedad confesional.

A partir de finales del siglo XIX, los códigos penales exigieron incorporar la morigeración y civilización de las costumbres como un cuerpo ordenado de leyes que fue sistematizando las medidas de control e higiene social que desde el siglo XVIII habían llegado al territorio guatemalteco como influencia del pensamiento ilustrado (3). En ellos se dictaron los principios de una reglamentación específica para el control estricto del cuerpo de las prostitutas, consideradas fuente de todos los males sociales. A todo ello se sumó la evolución del sistema carcelario, centrado en el debate de sustituir el castigo físico por una punición científica que llevara a la instrucción, la moralización y los hábitos de trabajo, para hombres y para mujeres.

Cualquier desestabilización del orden social fue percibida como un peligro a la hegemonía, puesto que se tendía a considerar a las clases subalternas como esencialmente culpables. La contaminación física y moral de los hombres debía ser evitada mediante la combinación del arresto preventivo y la inspección cotidiana de las conductas.

No está de más enfatizar que las mujeres estaban autorizadas a desarrollarse en el espacio doméstico, contrapuesto a la escena pública reservada para los hombres, simultáneamente a otros espacios autorizados como el burdel, distribución del espacio que se evidenció en la normativa vigente. Con esto se estableció la existencia legal de dos tipos de mujeres: las malvadas y las honestas.

El tránsito de la tolerancia a la sanción explícita de la prostitución conllevó el aumento del ejercicio clandestino y dificultó el control de las enfermedades de la sangre. Otra consecuencia fue la pérdida de libertad entre las prostitutas, quienes se vieron obligadas a aceptar una mayor explotación en los burdeles. Los registros de su filiación en los burdeles nos ofrecen la oportunidad de adentrarnos en la materialización de uno de los mecanismos de poder de la sociedad guatemalteca.

Anna Carla Ericastilla
Ciudad de Guatemala, enero de 2013

Citas

(1) Valcárcel, Amelia. Sexo y Filosofía, sobre mujer y poder. Antropos. Barcelona, 1994. pp. 71

(2) La llamada microfísica del poder, por Foucault, revela los engranajes del funcionamiento general de la sociedad, en el lugar de las prácticas y dispositivos locales del poder: la familia, la escuela, los hospitales, la iglesia y la cárcel, entre otros. Implica analizarlo en su forma capilar de existencia.

(3) Tania Sagastume. Trabajo urbano y tiempo libre en la Ciudad de Guatemala, 1776-1840. Universidad de San Carlos de Guatemala, Centro de Estudios Urbanos y Regionales, Municipalidad de Guatemala, Guatemala, 2008.
Considerando: que la prostitución no reglamentada, como ha existido hasta hoy en la capital de la República, produce
efectos perniciosos contra la moral y la higiene; que las leyes de todos los países toleran las casas de prostitución
con el fin de evitar el escándalo público y limitar ese mal inevitable a sitios determinados, buscando el medio para
ejercer con más facilidad la vigilancia que exigen el decoro y las buenas costumbres, y considerando también que
dichas casas, apartadas como están de la inspección de la autoridad, son muchas veces el albergue de crímenes o de
personas delincuentes; el Jeneral Presidente, en uso de las facultades de que está investido por la Constitución
Nacional, tiene á bien autorizar el presente Reglamento, formado por la Dirección de Policía.- Rubricado por el
Señor Jeneral Presidente.- Barrundia.

Considerando del Reglamento a que deben sujetarse las mujeres públicas en la ciudad de Guatemala, del 31 diciembre de 1881.
Recopilación de leyes emitidas por el Gobierno Democrático de la República de Guatemala, Tomo III pág. 91.

Se llama Encarnación. Pero también Marina, Adriana, Digna América, Lilian, Delfina, Irma, Marta Ester, Vilma Maritza, Milagro o María Esperanza. Se presentan “oficialmente” ante nosotros, porque oficial es la imagen que de ellas ha quedado tatuada en las paredes de la historia de la prostitución en Guatemala. Y todas miran de frente, buscando nuestros ojos. No dejo de sentir que cada una de esas miradas es un puerto. Una cartografía de paso, de encuentros y despedidas, de obligados anclajes e irreductibles partidas. Una orilla con todo y su astillero, donde se cimientan y resignifican biografías. Un umbral que invita a internarse más allá de la piel, en las entrañas de una sociedad que fue y en mucho, sigue siendo.

A partir de cada mirada y de todas ellas, surgen en mí cuestiones insoslayables: ¿De quién es el cuerpo de una mujer que ejerce la prostitución? ¿Para que existan las mujeres “decentes” han debido existir “las otras”? ¿No decía Santo Tomás de Aquino que las prostitutas protegen a las niñas y a las mujeres casadas? ¿Habría que abolir la prostitución o defender los derechos de las trabajadoras del sexo? ¿Se debe legalizar (1) la prostitución o apoyar a quienes quieren abandonarla? ¿Deberíamos creerle a aquella amiga del alma que aseguró, dos décadas atrás y muchos años después de que Engels lo hiciera, que muchos matrimonios son también prostitución legitimada y practicada en el contexto de un determinado orden social? ¿Toda prostitución es forzada? ¿Por qué y para qué existe la prostitución? ¿Es un “mal necesario”?

El debate está abierto, porque la herida lo está. Ellas nos miran, nosotros las miramos.

Mi interés por el cuerpo comenzó hace catorce años, en 1998 para ser más exacta. He de decir que, entre las tantas dudas que aún persisten en torno a mi interés inicial, está la certeza de que toda sociedad se encarna en los cuerpos de los sujetos que la componen. Es precisamente en esos cuerpos encarnados de mujeres y hombres donde se inscribe, escribe y reescribe una cultura que no se encarna de la misma manera en cada cuerpo, pero se desnuda en todos ellos. Así, parto del hecho de que somos cuerpos encarnados que anuncian, enuncian y denuncian.

Las miradas de todas estas mujeres dedicadas a la prostitución me hicieron transitar por las concepciones, imprecisiones y ambigüedades que se tejen alrededor del cuerpo, y me permitieron un acercamiento a temas como el poder, el placer, los mitos y las creencias; la marginalidad, la exclusión, el miedo y la negación; el estigma y la desviación social, la violencia, la diferencia como menosprecio, la resistencia, y los mecanismos históricos de control y normalización social de los cuerpos, entre muchos otros aspectos.

Sus cuerpos dejaron de ser un objeto silencioso para convertirse en entidades discursivas, en territorios encarnados donde se cruzaron múltiples informaciones espacio-temporales de la realidad guatemalteca de una determinada época, en acontecimientos que piden inscribirse en nuevos contextos éticos. Dentro de estas reflexiones, se dio la posibilidad de recurrir a los cuerpos de la prostitución, como textos inscritos en un determinado contexto, considerando que al mismo tiempo que se inscriben en él, lo describen y reescriben a través de relaciones de intercambio y reciprocidad. Cuerpos prostitutos. Cuerpos comunicantes. Cuerpos-mirada. Cuerpos informantes. No receptores pasivos.

Conocemos por, en y a través de nuestros cuerpos, de una forma socialmente aceptada y aceptable, geoculturalmente construida. Por ello, las emociones, las vivencias, el cuerpo y la estructuración social se interrelacionan y mutuamente se co-constituyen. Así, y a partir de un planteamiento hasta cierto punto paradójico, los cuerpos de las mujeres que hoy tienden sobre nosotros su mirada pueden ser interpretados, por un lado, como espacios de explotación, expulsión, conflicto y dominación y, por el otro, como territorios de creatividad, goce y autonomía de la vida, lo cual nos lleva a intuir que se genera una permanente tensión vital en ellos. Encarnación tiene, entonces, mucho que decirnos acerca de sí misma, en el contexto de la sociedad guatemalteca del siglo XX.

Los cuerpos a los cuales hoy nos acercamos, fueron entidades que moldearon particulares facetas de la identidad cultural y social guatemalteca del siglo XX, pero al mismo tiempo fueron los territorios donde esas identidades encarnaron. Está claro que, en la sociedad guatemalteca no es lo mismo nacer en un cuerpo de mujer que en uno de hombre; nacer en un cuerpo indígena que en uno ladino o mestizo; nacer en un cuerpo inscrito en una clase acomodada que hacerlo en una clase empobrecida.
Aunque todos sean cuerpos nacidos en Guatemala. Y menos es un hecho neutro ser un cuerpo-para-la-prostitución.

El estigma es el umbral, la línea fronteriza y casi imperceptible entre estas identidades, inscritas en un modelo social que niega el tipo de sexualidad que ha favorecido para perdurar. La prostitución existe porque hay demanda y porque el orden establecido la pide. De allí que lo paradójico sea que ese mismo orden que la contiene, la condene. O como diría Foucault:

…..jamás las instancias de poder pusieron tanto cuidado en fingir que ignoraban lo que prohibían,como si no quisieran tener con ello ningún punto en común. Pero, al menos en un sobrevuelo general, lo que aparece es lo contrario: nunca tantos centros de poder; jamás tanta atención manifiesta y prolija; nunca tantos contactos y lazos circulares; jamás tantos focos donde se encienden, para diseminarse más lejos, la intensidad de los goces y la obstinación de los poderes.

Encarnación tiene la palabra.

Encarnación archivada: Guatemala Siglo XX

Huele a historia, a moho, a conciencia y memoria, a papeles que estuvieron esparcidos por el suelo y carcomidos en sus orillas por los afilados dientes de uno que otro roedor. El hallazgo fortuito del Archivo Histórico de la Policía Nacional en Guatemala (AHPN) en el año 2005, con todo lo que de ello va emergiendo, es una grieta que ha dejado pasar mucha luz en nuestro país. Al momento del hallazgo en el tenebroso lugar denominado La Isla, el entonces Ministro de Gobernación dijo: “para qué perder el tiempo en ese montón de papeles viejos”.

Ochenta millones de folios acumulados desde 1882 hasta 1997, humedecidos, envejecidos, desordenados, apilados, abandonados a su suerte (y a la nuestra), conforman hoy un patrimonio documental nacional invaluable, gracias a su importancia jurídica, histórica, social, cultural y científica. Aquella isla rodeada de omisiones en donde se practicó la cultura de la muerte, es hoy un sitio de conciencia para Guatemala y el mundo. Este archivo permite ver el pasado con los ojos de hoy, porque lo que antes suponíamos que existía, ahora sabemos con certeza que existió. Desde los ojos de entonces, la mirada de hoy.

La mirada como puerto. Los retratos expuestos en esta muestra, corresponden a los años comprendidos entre 1964-1989, pero las búsquedas fueron mucho más lejos, a archivos y documentos históricos que aportaron datos de gran valor. Desde los rostros de las mujeres que aparecen en los archivos de la prostitución de aquella época, tanto como figuras delictivas, como también ménades registradas, nos llegan sus miradas desafiantes, irreductibles, crecidas, adornadas, fijas, intraducibles a veces y transparentes otras. Son las miradas que encarnan un modelo sexual cruzado por relaciones de dominación que se inscriben del lado de los hombres y que piden la subordinación de las mujeres y otras entidades alejadas del modelo-hombre-por-excelencia para funcionar.

En el centro de este modelo que prevaleció a lo largo del siglo XX guatemalteco, está la satisfacción del deseo sexual de los hombres, cuyo objetivo fundamental es el placer. En la periferia, las mujeres controlando su propio deseo y su expresión sexual, lo cual deriva en una sexualidad femenina que no debe ser explícita. Así, el modelo define para ellos la separación entre sexo y afecto, y para ellas la relación e identificación entre ambos. Entre el centro y la periferia, la presencia de instituciones normalizadoras como la Iglesia, por ejemplo, fundada en textos sagrados que conciben el cuerpo de las mujeres como medios de reproducción y preservación de un orden simbólico, estructurado y jerarquizado, instaurado a partir de complejas relaciones en las cuales ellas están inscritas. Y la presencia de una institución familiar tradicional, que legitima este tipo de relaciones erótico-afectivas, generadoras de relaciones sexuales profundamente insatisfactorias.

En ese contexto anidó la prostitución entonces y nos preguntamos si anida aún hoy. Una prostitución reglamentada, aceptada y sostenida por el Estado desde finales del siglo XIX e inicios del XX, pero que empezó por prohibir a las prostitutas siquiera asomarse a las ventanas de los prostíbulos, porque se avergonzaba de ellas. Ese mismo Estado que permitió en privado lo que condenó públicamente, no sólo llegó a reconocer la figura de una Matrona, sino que la dotó de poder para seguir sosteniendo el orden establecido y la instrumentalizó para esclavizar a la prostituta que quedaba bajo sus órdenes. Un Estado que aún hoy estigmatiza la prostitución, pero que entonces llegó –incluso- a construir sedes y edificios policiales con el dinero que obtuvo de tal actividad económica.

Hablemos entonces, de la prostitución como trabajo y como actividad económica. Aunque pueden ser múltiples las razones de índole personal, social y laboral que justifican el ejercicio de la prostitución, la más obvia parece ser la necesidad de ganarse la vida. Y digo “parece”, porque el sedimento más fértil para que la prostitución existiera entonces y siga existiendo hoy, es un orden sostenido sobre el modelo sexual antes descrito; un orden cimentado en la reglamentación y control de los cuerpos de las mujeres, para el placer de los hombres y la reproducción de un modelo social secular. Cuerpos que, en este caso y por ser cuerpos para la prostitución, fueron reglamentados primero por la Dirección de la Policía Nacional, y luego también por la Dirección General de Sanidad, en tiempos de Ubico.

Cuerpos de normas legales para los cuerpos de la prostitución. Cuerpos que fueron ordenados en prostíbulos y “casas de tolerancia” a finales del siglo XIX e inicios del siglo XX y que luego, durante el régimen ubiquista, pudieron ejercer también la prostitución en sus casas o a domicilio, ya como un oficio reconocido. De cualquier manera, esos cuerpos controlados siempre debían pagar impuestos, y estos llegaron, incluso, a tener un apellido: impuestos “sanitarios”.

Ubico estipuló un fondo de previsión y ahorro individual para las mujeres que ejercían la prostitución, beneficio que ellas perdían, entre varias razones más, si contraían una enfermedad venérea. En este sentido, es necesario llamar la atención sobre un hecho que saltó a la luz pública en el año 2011 gracias, en parte, a la investigación realizada en los archivos nacionales, entre ellos el AHPN. Se supo que, entre 1946 y 1948, se llevó a cabo un macabro experimento sobre la sífilis en Guatemala, liderado por un médico del Servicio Público de Salud Estadounidense, experto en salud pública, enfermedades venéreas y salud reproductiva, John C. Cutler. Él, junto a un médico guatemalteco de apellido Funes, condujeron en el país este programa cuidadosamente diseñado en Estados Unidos, y “expusieron a sus sujetos a la sífilis o la gonorrea mediante el uso de prostitutas infectadas o mediante la inoculación a través de tejidos extraídos de gomas sifilíticas (tumores blandos) humanas y animales, chancros o el pus de las llagas gonorréicas” (2).

Una vez más, el control sobre los cuerpos de las mujeres, esta vez desde una postura científica mecanicista, que consideró el cuerpo como otra forma de mecánica, como algo separado y diferente al ser humano. Pero además, desde una postura que cuestiona toda ética, no sólo por el hecho mismo de la inoculación inconsulta, sino porque se practicó en sujetos estigmatizados, que ante los ojos de investigadores, tenían un valor similar al de los animales de laboratorio. Sobra decir que varias prostitutas guatemaltecas que estaban sanas y que cumplían con la normativa sanitaria que las obligaba a los chequeos periódicos, fueron infectadas sin que ellas lo supieran, quedando así expuestas a padecimientos inenarrables que trajeron consecuencias nefastas para sus vidas. Ergo, no más trabajo ni fondo de previsión.

Volvemos entonces al oficio de la prostitución, como símbolo y como síntoma. Un símbolo porque encarna, justifica y legitima la existencia de un sistema basado en un complejo y perverso entramado de relaciones de poder; un síntoma, porque evidencia las falencias y el malestar de un Estado que ofrece magras y escasas alternativas para que muchas mujeres puedan desarrollarse plenamente como ciudadanas.

Llegamos así al primer gobierno civil, de Vinicio Cerezo (1986-1990). Las prostitutas siguen teniendo que llevar al día sus libretas de control sanitario, como lo han hecho durante las pasadas cinco o seis décadas, y la única diferencia es que ahora el control es llevado desde el Centro de Salud más cercano a su lugar de habitación. De las tradicionales enfermedades venéreas, se pasa al VIH-Sida y a los cuerpos de las prostitutas como supuestos principales focos de transmisión y control. Supuestos digo, porque se sabría, años más tarde, que los hombres “heterosexuales” serían los principales focos de contagio de esta enfermedad.

En general, las ofertas laborales para una amplia mayoría de mujeres que no habían tenido acceso a la educación se reducían al servicio doméstico, al cuidado de personas ancianas y menores de edad, o a la prostitución, que a veces representaba para ellas la mejor opción de todas, porque les dejaba más ganancias que las otras. Todos, oficios que implicaban el “cuidado” de otras personas y la atención a sus reclamos y necesidades físicas sexuales y afectivas. Todos, oficios de alto control, de una gran exigencia y bajos salarios. Esto explicaría, en parte, una mayor presencia de mujeres inmigrantes en esos campos, quienes llegaban para sustituir a las mujeres locales, cuando estas podían desplazarse a otros campos laborales más estables.

Sin embargo, hubo también algunas mujeres que teniendo a la vista otras opciones laborales desearon trabajar como prostitutas, lo cual se plantea como una cuestión sensible y en permanente debate. En contra de ciertas posturas dogmáticas, algunas prostitutas activistas expresan, hasta hoy, tener el control de los servicios que ofrecen y de sus propios cuerpos. No es que vendan el cuerpo, aseguran, sino los servicios sexuales que ofrecen. Despojar, a quienes así piensan, de su condición laboral, significa para ellas ser despojadas de su condición de ciudadanía. Y no sólo eso: refuerza, según ellas, el estigma que conlleva la prostitución. Esto está hoy en el centro de la polémica.

Es complejo, porque la prostitución no es cualquier trabajo, menos cuando es forzada; el maltrato y los abusos a que son sometidas muchas prostitutas, es un elemento a considerar. Pero, ¿cuán distinto es este trato al que reciben muchas mujeres sin que medie relación comercial alguna? Las pautas de comportamiento de los “clientes” violentos de las prostitutas, no se diferencian en nada de las practicadas intramuros por los hombres de muchas familias o de los acosadores en un trabajo.

Hay un doble rasero en esto, muy útil a la hora de medir la sexualidad y la moral sexual de una sociedad en particular. Esta hipocresía está directamente relacionada con la desestabilización que introdujeron las prostitutas en el modelo tradicional de mujer. En este modelo que prevaleció en el siglo XX guatemalteco, pero que ha comenzado a transformarse muy lentamente, el cuerpo de la prostituta quiebra el estereotipo femenino, denuncia la hipocresía social, y simboliza la transgresión de los límites impuestos a las mujeres “buenas”. Las prostitutas son las tentadoras, las promiscuas, las que expresan explícitamente su sexualidad, las que habitan la noche, lugar reservado para los parias, los malos, los desviados sociales.

Pero además, el estigma de la prostituta se proyecta a todas las mujeres que se resisten a subordinarse y a seguir las reglas de un orden establecido. Por ello, decirle “puta” a una mujer “decente” es usado para situarla en el lugar de la proscripción. Hay que normalizarla y volverla al orden. Si no fuera así, este apelativo no sería usado para nombrar a aquellas que se salen del redil o a las mujeres “buenas” que, en el lecho, expresan explícitamente su placer. Incluso reciben este apelativo las mujeres que han sido ultrajadas y que, desde su condición de víctimas, se convierten en las marginadas sociales y en las culpables de lo sucedido.

El estigma que recae sobre las prostitutas implica rechazo social; el rechazo conlleva aislamiento; éste genera una mayor vulnerabilidad y ello las hace más propensas a la exclusión, a la explotación y la discriminación. ¿Cuántas prostitutas pueden acceder a mejores trabajos o a mejores condiciones laborales? Desvalorizadas, no son consideradas personas o mujeres, sino sólo prostitutas. Su oficio es marginal, entonces ellas lo son y, en su mayoría, no tienen derecho a decidir y vivir una sexualidad placentera, elegida, voluntaria y gratuita.

Todo esto vive a la sombra de un orden que tolera, de manera general, que desde la primera menstruación y a veces antes, se considere a una niña objeto de uso y abuso por parte de los hombres adultos que habitan en su entorno y que se muestra, hasta hoy, altamente permisivo a la esclavitud y la explotación sexual (3). El orden inscrito en las miradas de Aura, Blanca, Concepción, Consuelo, Damiana, Elsa, Gloria, Luz, María Elena, Carmen, Maura, Onelia, Rosa, Susana y Telma. En las de Encarnación y Marina.

….y Marina

Marina tiene una biografía poblada de cocodrilos y tiburones y la altura moral del Himalaya, la entereza de la Muralla China y la sabiduría de mil bibliotecas alejandrinas. Marina es dulce y letal como el opio birmano, inaccesible como Tombuctú, es una amazona de barrio bajo, una pandillera en jaula de marfil pidiendo la renta que le debe la vida. Marina es un desierto mortal y una estepa poblada de nómadas que recorren su alma sin prisa, con la cadencia de un bolero siempre inconcluso. Marina da gracias a Dios por todo lo que le falta, “por lo mucho y lo poco” que le ha dado. Sí, Marina es la Octava Maravilla.

El Vuke y Chema Director de Las Estrellas de la Línea

En la historia de la prostitución de Guatemala, hay para mí una mujer ineludible de nombre Marina. Marina por mar, por libertad, por agua salada y llanto, por astillero, porque su mirada es un puerto.

Recuerdo lo sucedido en septiembre del año 2004 (4) . Los medios contribuyeron a alimentar el escándalo provocado por un juego de fútbol que se llevó a cabo en una zona residencial de la ciudad de Guatemala, entre un grupo de prostitutas de la línea del tren y las Ice Devils, pertenecientes a un selecto grupo social de la capital. La foto de una sociedad de clases, caracterizada por el purismo moral y la hipocresía de siglos, estaba tomada. Pocas veces la sociedad guatemalteca tuvo una polémica tan necesaria como saludable en torno a un tema tabú y, sin embargo, fue una pena que no prosperara para lograr genuinos debates y reivindicaciones posteriores alrededor de la prostitución.

Luego del juego, algunas de las prostitutas expresaron lo que sintieron al haber sido expulsadas de dicho lugar por cuestiones tan absurdas como “uso de lenguaje obsceno”. Mercy, una de ellas dijo: “Por eso estamos luchando ahora, para defender nuestra dignidad, que no nos vengan a hacer de menos por lo que hacemos. Aquí no le estamos quitando nada a nadie. Lo que hacemos es algo muy común, lo único es que nosotras sí cobramos.”

En agosto del 2006, se estrenó en Guatemala la película Las Estrellas de la Línea, basada tanto en la vida cotidiana de las prostitutas, como en el mencionado juego de fútbol. La película se había estrenado previamente en el festival de Berlín y en 35 salas de cine españolas, y había ganado varios premios y reconocimientos. Marina, la protagonista, ya no ejercía la prostitución debido a su avanzada edad, pero se dedicaba, antes de la película, a vender preservativos a sus compañeras más jóvenes o a lavarles la ropa. La noche de estreno en Guatemala, Marina cantó sus boleros, como lo había hecho en los otros países donde la película se había estrenado.

Dos años más tarde, presentaría su disco Triste borracha. En esa ocasión relataría que, justo en el 2006 cuando la película había sido presentada en Europa y Guatemala, su esposo Carlos había muerto de cirrosis por los excesos de alcohol. Ahora Marina tenía un ojo de vidrio; había recuperado así su ojo izquierdo, perdido mucho antes debido a los golpes que le propinara uno de tantos clientes. En este punto, me siento obligada a volver a la mirada como puerto.

Marina nació en 1939, durante el régimen ubiquista, y murió 70 años después, de un cáncer de colon. Días antes, la visité en su casa, a orillas de un barranco de la capital. “Mirame el cuerpo”, me dijo abriéndose la bata celeste que cubría su desnudez luego de la operación de colon que acaba de vivir. “Mirame la cicatriz”, insistió. Viéndola, fui yo quien se abrió la bata. Mirate el cuerpo, me dije. Mirate la cicatriz.

Las demás Estrellas de la Línea siguieron con sus vidas, sin que hasta ahora en Guatemala sus demandas de entonces hayan tenido eco en el resto de una sociedad, por un lado altamente tolerante en privado a la prostitución, y por el otro, su gran detractora en público. Acostumbradas a vivir al día sin tiempo ni ganas de más, a ser autosuficientes, a quererse entre sí pero al mismo tiempo a ser rivales en un contexto patriarcal que así lo establece, tampoco sabremos si llegaron a comprender del todo el valor de plantear conjuntamente, y de manera organizada, sus reclamos.

“¿Por qué la prostitución nos parece tan sórdida e indigna?”, pregunta Carlo Frabetti (5). Y concluye: “Porque proyectamos en ella la sordidez de nuestra propia vida, nuestra propia indignidad de mercancías humanas. En una sociedad-mercado en la que todo se compra y se vende, en la que la inmensa mayoría de las personas venden la mitad de su vigilia (y la casi totalidad de sus sueños) por un puñado de monedas, la prostituta es la perfecta metonimia, a la vez emblema y chivo expiatorio, de la degradación colectiva. Pues la prostituta vende, literalmente, su cuerpo, mientras que los demás vendemos el alma, que no se ve (ni se toca), lo que nos permite proyectar nuestra humillación cotidiana, nuestra alienación, en otras servidumbres menos encubiertas, acaso menos hipócritas. Quienes consideramos que nuestra parte más íntima y personal es el cerebro, deberíamos reflexionar un poco sobre las múltiples formas de prostitución a las que nos aboca esta sociedad-mercado. Todos somos putas”.

A manera de coda

Gracias por invitarme a participar en este proyecto. Fue una locura y un privilegio. Cada mirada fue un puerto que me permitió internarme en una ciudad, en un pueblo, en una selva, en un sueño y una biografía. Todas juntas, las miradas me abrieron la puerta a la sociedad guatemalteca del siglo XX. Será porque las vidas de las mujeres son ciudades y están cruzadas por líneas que se entrelazan, se encuentran, corren paralelas, se tocan. La prostitución forzada es una línea, la heterosexualidad obligatoria es una línea, el matrimonio impuesto es una línea, el mandato de la reproducción es una línea.

El estigma que recae sobre las mujeres que ejercen la prostitución es ese lugar fronterizo por donde pasa un tren y bajan los hombres, justo en la línea que las cruza. Justo en esa fisura que corta por la mitad la usura y la decencia. Allí, del otro lado de la línea, en la orilla que se hace barranco, viven ellas; allí, donde la higuera se muere cada día para que eso que llaman pudor viva en otra parte.

La ciudad de Encarnación, que es la misma de Marina, está cruzada por la línea del tren, porque las vidas de las mujeres son ciudades y están cruzadas justo donde algunos hombres pasan, tocan a la puerta, enclavan sus siglos de cacicazgo y se van.

La aspiración es que se escriba un nuevo capítulo en la historia de la sexualidad humana; uno, donde la sexualidad pueda ejercerse desde la conciencia y la libertad, no desde estigmatización patriarcal alguna. La apuesta es que las relaciones sociales y sexuales no estén mercantilizadas, que no existan formas ni instancias para la opresión, y que caigan los muros levantados desde los estereotipos adscritos a cada sexo. Se requiere de una nueva ética en el horizonte de las relaciones entre los seres humanos, entre las diversidades sexuales, pero sobre todo entre mujeres y hombres. Hacia allá queremos encaminarnos.

Hoy lo que toca es atajar de frente la complejidad de problemas sociales, culturales y de diversa índole que rigen el mundo de la prostitución. Los derechos ciudadanos de las prostitutas han de ser idénticos a los de cualquier otra ciudadana y ciudadano. Su dignidad inicia por tener derecho a ser escuchadas y a contarse a sí mismas en sus propias palabras. Tienen derecho a no bajar la mirada porque otros y otras las miran de menos (la conciencia de un mundo pasa por quien lo mira). Ahora les toca a ellas vernos de frente.

Carolina Escobar Sarti
Ciudad de Guatemala, diciembre de 2012

Citas

(1)“La prostitución en Guatemala carece de algún reglamento específico que la norme, tampoco está reconocida como una actividad ilegal. La única regulación que existe es la que practica el Ministerio de Salud Pública, al exigir a quienes llevan a cabo esta actividad exámenes periódicos para verificar que no tengan infecciones de transmisión sexual. En Finlandia y Suecia penalizan a los clientes y no a las prostitutas, lo opuesto que se observa en otros países…”. (Entrevista a Hilda Morales Trujillo. La Cuerda, Año 12 no.125, Guatemala, agosto 2009, pág. 7.) Sin embargo, a partir de la entrada en vigor de Ley Contra la Violencia Sexual, Explotación y Trata, en septiembre de ese mismo año, se puede “inferir" que en Guatemala el cliente es quien debe ser penalizado, aunque esto no esté expresamente descrito en dicha norma (Cap.VI, artos. del 36 al 39). En el caso del artículo 38, las actividades sexuales remuneradas con personas menores de edad son consideradas un delito por el cual debe sancionarse a quien lo comete.

(2)“Cutler creía que sus estudios eran una mina de oro”. Traducción libre de elPeriódico sobre el estudio “Sífilis por ‘exposición normal’ e inoculación: un médico de PHS ‘Tuskegee’ en Guatemala, 1946-48” elaborado por la investigadora Susan M. Reverby sobre los experimentos con enfermedades venéreas realizados por John C. Cutler en Guatemala. (Domingo 10 de octubre de 2010)

(3) “Mi madre vino hacia mí cuando me estaban meciendo en un columpio entre dos ramas. Mi cuidadora me lavó la cara y me llevó de la mano. Cuando llegamos a la puerta se detuvo para que yo recuperara la respiración. Me introdujeron en la habitación, donde esperaba el Profeta sentado en una cama de nuestra casa. Mi madre me hizo sentar en el regazo de él. Entonces, los varones y mujeres se levantaron y nos dejaron solos. El profeta consumó el matrimonio conmigo en mi casa cuando tenía nueve años”. (Aisha, esposa púber de Mahoma, año 622, Tabari Hadith, 9. 131). Hoy, en países como el nuestro se sigue hablando de los doce años o de la primera menstruación como el momento de ingreso “oficial” de una niña a la vida sexual obligatoria. Según Unicef (2012), 23 millones de mujeres jóvenes han sido forzadas a vivir en matrimonio antes de cumplir los 15. Todas ellas se han convertido, han sido y son “esclavas domésticas y sexuales”.

(4) Fragmentos tomados de Escobar Sarti, C. “Todos somos putas”. Columna periodística. Prensa Libre.(30-5-2009)

(5) Escritor, matemático, guionista de televisión y crítico italiano de cómics residente en España. Es uno de los integrantes de “la segunda generación de teóricos del cómic”.